Transición profesional: porqué cambiar de vida cuesta tanto
Últimamente no paro de ver personas agotadas.
Son amigos, clientes, personas con las que me cruzo online y offline. Y lo curioso es que cuando hablo con ellas, el agotamiento que describen va mucho más allá del trabajo.
Es un agotamiento vital. De su propia vida, la que han elegido (o eligieron años atrás). Una vida que, paradójicamente, en muchos casos les gusta, les genera emoción y les da adrenalina.
Son las ganas de ver la última serie de Netflix, el show de la Super Bowl, las películas nominadas a los Óscar. Las ganas de hacer escapadas el fin de semana, de probar ese restaurante nuevo, de mantenerse interesante, actualizado e inspirado.
Tener hobbies, leer, meditar, ir al gimnasio, correr o caminar, estar en forma, comer sano y preparar todas las comidas y suplementos, cuidar la piel, dormir ocho horas…
Tener citas si estás soltero/a porque quieres construir una vida con alguien. O tenerlas si estás en pareja porque, después de tantos años, hay que cuidar la relación, mantener viva la chispa, encontrar tiempo para seguir conectando y, si además tienes hijos, estar presente para ellos también.
Preparar las vacaciones aunque falten meses, aunque sea solo comprar los vuelos o reservar el hotel. Dedicar un sábado entero al Ikea porque el salón ya se ve viejo. Estar al día de lo que pasa en el mundo, de la geopolítica, de la economía, porque todo cambia demasiado rápido. Y, por supuesto, entender las últimas actualizaciones de Claude o de cualquier inteligencia artificial que parece venir a revolucionarlo todo otra vez. Hay que estar al día y tener una opinión de todo.
Y luego trabajar. Quedarse unas horas más para sacar adelante ese proyecto que ya no te entusiasma, pero te da visibilidad, reconocimiento y el bonus de fin de año. Responder mensajes tarde y vivir pendiente de la agenda.
Y así, casi sin darte cuenta, la vida acaba siendo una lista infinita de cosas que sostener, una carrera constante para mantenerse al día y para no quedarse atrás.
Y todas esas cosas que un día te motivaban y te hacían ilusión, han dejado de ser combustible y empiezan a consumirte poque el vaso está demasiado lleno.
Una historia que no olvido
Hace unos meses conocí a una chica aquí, en Caraíva. Para quien no lo sepa, vivo en un pequeño pueblo al sur de Bahía, junto a una aldea indígena, al que se llega en canoa, donde no hay coches, las calles son de arena y todavía existen rituales de luna llena.
Ella vino para pasar una temporada y desconectar. Llevaba más de veinte años construyendo una carrera muy sólida en el mundo corporativo: brillante, estratégica, con experiencia internacional y un salario que, visto desde fuera, hacía pensar que su vida estaba completamente resuelta.
Pero según fue contándome, llevaba años sosteniendo un ritmo que ya no podía mantener. Por eso había venido a parar, a pensar con claridad, a intentar construir algo más “sostenible”.
Me dijo algo que no olvido: “No me da miedo trabajar duro. Me da miedo que esta sea la única forma posible de vivir.”
Donde vivo hay mucha gente que viene a desacelerar. A tomarse un tiempo. Y lo que más cuesta cuando llegas aquí es exactamente eso: bajar el ritmo. Cuando llegué la primera vez pensé que duraría tres días porque era demasiado “aburrido”. Pero eso fue exactamente lo que me hizo quedarme.
Después de seis meses y de muchas conversaciones me confesó que estaba buscando trabajo otra vez y pensando en volver a la ciudad. Yo imaginé que quizá se sentía lista para regresar, pero era mucho más urgente: le estaba costando sostener el día a día.
En medio de tanta incertidumbre, había intentado encontrar algún trabajo online, pero nada terminaba de salir. Y poco a poco el dinero empezó a acabarse. Con él, también desaparecía esa sensación de calma y volvieron el miedo, la ansiedad y esa presión silenciosa.
Ese “replantearse la vida” tiene un coste real. Y cuando llegas al límite económico, es aún más difícil pensar con claridad.
Long story short: después de unas semanas volvió a la ciudad y al mundo corporativo. A otro trabajo desafiante, con un cargo bien alto, un ritmo aún más frenético y un salario aún más envidiable. Y volvió también esa sensación conocida: la de entregar toda su energía para sostener una vida que le gusta tanto como la agota.
Hacer una pausa no es construir una transición.
Las personas consiguen escapar de una vida que las agota. Lo que no consiguen, muchas veces, es construir una alternativa sostenible antes de que el miedo o el dinero las obliguen a volver.
Internet está lleno de los dos extremos: “deja tu trabajo y sigue tus sueños” o “sé realista y aguanta”. Pero muy poca gente habla de cómo construir una transición de forma estable, estratégica y humana.
Lo sé porque a mí también me pasó.
Mi propio burnout
Mi primera transición fue por burnout. Yo también fui de las que quiso abarcar más de lo que podía, de las que no supo poner límites. Y los límites siempre son con uno mismo: hasta aquí he llegado, hasta aquí puedo sostener, no puedo dar lo que no tengo. Fui de las que creía que su valor estaba en dar y en hacer más y me fui consumiendo poco a poco. Mi vida y mi trabajo me gustaban tanto como me drenaban. Me dejaban exhausta y, con el tiempo, acabaron enfermándome.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era el estrés y que se me pasaría descansando. Pero mi cuerpo terminó frenándome antes. Acabé cogiendo una baja laboral. Durante esos meses me hicieron ir al psicólogo y al psiquiatra.
Recuerdo perfectamente el momento en que, después de unos tres meses, decidí dejar el trabajo definitivamente. Lo que más ansiedad me generaba ya no era el cansancio. Era la idea de que me estuvieran esperando para volver a una vida a la que yo ya no podía ni quería regresar.
Cuando al año mi psiquiatra me dio el alta me dijo: “Tengo muchos pacientes que llegan como tú y siguen igual durante años porque nunca eliminan la causa raíz. No consiguen, como tú, dejar el trabajo.”
Después de un año y ya recuperada, volví a aceptar un trabajo en otra empresa y con otro cargo que me ofrecía el mismo estilo de vida frenético al que estaba acostumbrada.
Barcelona, marzo 2018. Después de mi burnout.
Por qué nos cuesta tanto cambiar
Quizá estés pensando que lo tuyo no tiene solución, que te falta valentía o incluso que, en el fondo, esa vida es lo que te gusta y no hay mucho que cambiar. Pero créeme, no es así.
Seguro que has escuchado que el cerebro humano odia la incertidumbre. Está diseñado para sobrevivir, no para arriesgarse. Es antiguo, impaciente y hambriento de energía. Y eso genera una resistencia enorme incluso cuando racionalmente sabes que necesitas cambiar, y tu cuerpo te lo está pidiendo.
Hay cuatro patrones que veo constantemente en personas que quieren hacer una transición y no lo consiguen. Los comparto porque solo podemos cambiar aquello de lo que somos conscientes.
El primero es el sesgo del status quo. El cerebro tiende a interpretar lo conocido como algo más seguro, incluso cuando no somos felices ahí. Por eso muchas personas piensan: “No estoy bien, pero al menos sé cómo funciona esto”. Y esa familiaridad se confunde con tranquilidad; la tranquilidad con seguridad; y la seguridad con la sensación de estar tomando la decisión correcta.
El segundo es el coste hundido. Este suele ser especialmente poderoso en carreras largas. “Ya invertí demasiados años como para cambiar ahora.” Pero seguir sosteniendo una vida que te está destruyendo también tiene un coste, aunque no aparezca en ningún Excel. Y ese coste muchas veces se manifiesta en el cuerpo, que empieza a enviar pequeñas señales mientras espera ser escuchado.
El tercero es la identidad profesional. Creo que es el más profundo de todos. Muchas veces no nos cuesta cambiar de trabajo, sino dejar de ser quienes hemos sido durante años. Cuando alguien lleva media vida siendo “el/la ejecutiva”, “el/la responsable”, “el/la que siempre puede”, cambiar de dirección, de papel, se percibe como una pequeña muerte simbólica. “Ya no sé quién soy”. Esa incertidumbre genera una incomodidad nueva que, para muchas personas, resulta más difícil de sostener que una incomodidad conocida.
El cuarto es la aversión a la pérdida. Sentimos mucho más intensamente una posible pérdida que una posible ganancia. El cerebro calcula esa nueva vida imaginaria: ¿y si me arrepiento? ¿y si no puedo sostenerme? ¿y si gano menos? ¿y si todos tenían razón y me equivoco? Y muchas veces eso paraliza más que cualquier otra cosa.
Lo que he ido aprendiendo
La mayoría no quiere trabajar menos. Quiere trabajar con otro ritmo y con más sentido. Dejar de vivir en modo supervivencia constante y sentir que su vida le pertenece un poco más.
Pero al mismo tiempo tiene responsabilidades, cuentas a pagar y miedo a equivocarse. Todo eso es completamente normal y por eso creo que las transiciones profesionales no deberían trabajarse solo desde la motivación.
Necesitan estrategia, estructura, planificación financiera y apoyo emocional. Porque si no, muchas veces terminamos haciendo movimientos impulsivos que el propio miedo nos obliga a deshacer.
Si algo te ha hecho click, si te has visto reflejada en alguna de estas situaciones, si mientras leías ibas pensando “soy yo”… cuéntamelo. Acompaño a personas en sus transiciones profesionales para crear una vida que les guste y les dé paz.
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