La vida que no viví (y las que sí elegí)
Era 2020 y recuerdo perfectamente esas ganas de ser extranjera en otro país. No como turista, sino como “residente”.
Me imaginaba en un lugar nuevo, despertándome por las mañanas con el ruido de quienes empiezan a trabajar temprano. Ir a una panadería y tomarme un café de camino al trabajo. Una cafetería nueva, con gente nueva, con aromas nuevos.
Me imaginaba, una y otra vez, empezando en otra ciudad, en otro país, en otro idioma.
¿Cómo sería Raquel en otros idiomas? No como cuando hablaba inglés en una conversación de trabajo, sino con mis propias expresiones, jugando con el lenguaje, mezclando palabras y haciéndolo muy mío.
Recuerdo una conversación con una amiga francesa, Marie, de padres españoles, que había vivido en varias ciudades. No tenía miedo al cambio ni a empezar de cero. Era su gasolina. Y me encantaba escucharla.
Nos conocimos trabajando en una agencia de eventos. Coincidimos pocos meses, pero nos hicimos muy amigas. Tanto que, cuando ella dejó el trabajo para empezar en un nuevo lugar, hablábamos durante horas por teléfono.
Yo le preguntaba todo: cómo era la mudanza, cómo se sentía empezar de cero. Quería cada detalle. Quería saber cómo era la panadería a la que iba ahora, qué tipo de café servían.
Soñaba a través de ella.
Nunca le escondí mis ganas (ni mi gran miedo) de cambiar. Lo hablábamos mucho. En el plano mental todo sonaba increíble, pero en lo físico no sabía ni por dónde empezar. Me encantaba Barcelona y me refugiaba en la idea de que, de alguna manera, rodearme de extranjeros ya me acercaba a esa vida de expat.
Pero un día, hablando de por qué había renunciado a mi Erasmus (sí, esto no era algo nuevo), le dije que no quería perderme nada de lo que pasaba en Barcelona. Me encantaban mis amigos, mi vida. Me lo pasaba demasiado bien como para irme.
Y ella me respondió:
“Qué interesante… nunca lo había visto así. Yo, cada vez que cambio de lugar, pienso en todo lo que voy a ganar, no en lo que voy a perder.”
Ese momento me hizo click.
Entendí el beneficio oculto que me mantenía donde estaba. Y empecé a trabajar esa idea:
¿Y si, en vez de enfocarme en lo que pierdo, me enfoco en lo que gano?
¿Y si no tengo que renunciar a una cosa u otra?
¿Y si puedo tener ambas? ¿Pasar un tiempo fuera y otro en España?
Esas preguntas me han acompañado desde que decidí irme a Brasil. Y he construido mi vida, estos últimos años, a partir de ellas. Porque, como siempre digo, las preguntas son más poderosas que las respuestas.
Le doy las gracias a Marie por aquella conversación. Por ese pequeño click que cambió mi forma de ver las cosas.
Me gusta pensar que tenemos muchas vidas dentro de una sola vida. Y estamos aquí para vivirlas todas. Para saboresr cada una al máximo.
Puedo imaginarme perfectamente a esa Raquel que nunca salió de Barcelona. Que se rodeaba de extranjeros y seguía soñando con otra vida.
Como también puedo imaginarme todas las versiones de mí que podrían haberse quedado en otros caminos, por no tomar decisiones que daban miedo.
Y hoy, mirando atrás, no siento que haya perdido nada.
Siento que solo he ganado.
Si estás queriendo un cambio, pregúntate ¿qué te estás contando para seguir creyendo que donde estás es mejor?
Ahí está tu beneficio oculto.
Y eso es lo que tendrás que resignificar si de verdad quieres ir a por ese cambio.
Celebrando todas las vidas que elegí
Yo con mi amiga Marie en Montpellier, justo depsués de mudarse una vez más.