La trampa de trabajar para una vida que no te gusta.

Cuando tenía 18 años empecé a trabajar en una tienda de ropa los domingos. Habían abierto un nuevo centro comercial que se había convertido en una súper novedad, porque abría los 7 días de la semana.

Como yo estaba estudiando en la universidad lo vi como una buenísima oportunidad. Me pagaban muy bien, 300 euros al mes por ir 4 días en total.

Recuerdo que en esa época le decía a mis amigas que yo multiplicaba el dinero. Porque, aunque me pagaran muy bien, no era un graaaan sueldo, pero yo conseguía hacer todo lo que quería con ese dinero: me pagaba el teléfono móvil (antiguamente no teníamos tarifa plana como ahora y créeme que hablaba mucho con mis amigas), salía los fines de semana a la discoteca, me compraba mis caprichos, hacía algún que otro viaje low cost, íbamos entre semana a los bares de al lado de la facultad porque, como estudiábamos Publicidad y Relaciones Públicas, nos gustaban ambientes inspiradores para “crear”… En fin, que yo era muy feliz con mis 300 euros y con la vida que llevaba.

Algunas de mis amigas también trabajaban y otras tenían la paga que sus padres les daban (que no era muy inferior a mi sueldo). Pero ellas no pensaban como yo y parecía que les faltaba dinero para muchas cosas. O eso decían.

Cómo perdí mi superpoder

Hoy, recordar esa etapa de mi vida, me ha hecho pensar muchísimo.

Porque en esos años gestioné “bien” mi dinero. Y lo pongo entre comillas porque ahora que tengo educación financiera, sé que podría haber invertido y hacerlo mejor. Pero para la época y la información que tenía, lo hice muy bien.

Mi pensamiento era que había empezado a trabajar muy joven y a ahorrar, y que nunca me iba a faltar dinero, ya que a medida que fuera creciendo, mi sueldo crecería conmigo.

A día de hoy, después de haberme formado en mentalidad y en finanzas, entiendo lo poderosa que era esa creencia. Y entiendo por qué yo conseguía multiplicar mi dinero mientras a mis amigas no les llegaba para todo: escuchaba mi brújula interna sin ni siquiera saberlo. Gastaba solo en aquello realmente importante para mí.

A medida que fui creciendo, ganando más, viendo las últimas tendencias de Instagram y los súper viajes de las mega influencers, empecé a dejarme llevar por valores ajenos.

Anhelé vidas de gente que ni siquiera conocía.

No quiero decir que no disfruté de esa etapa, al contrario. Viajé muchísimo y me divertí. Pero en general, aquella vida no me hacía tan feliz. Como dice Morgan Housel en su libro El arte de gastar dinero:

“Gran parte de la vida es así: una lucha constante de ver a otras personas tener algo que queremos y, después de conseguir esa cosa, ver a otra persona que tiene algo nuevo que nosotros no tenemos y así por delante, siempre decepcionados.”

Y así fue como perdí mi superpoder. Pasé de creer que multiplicaba el dinero a creer que “hay que esforzarse mucho para ganar dinero y aun así nunca es suficiente.” Y con esa creencia encima llegaron las cosas que no esperaba: un burnout, un divorcio y una pandemia. Y mis finanzas se desmoronaron.

Por qué gastamos como gastamos

Creemos que tomamos decisiones financieras así:

Gráfico de como creemos que tomamos decisiones financiera.

Pero en realidad las tomamos así:

Gráfico de cómo tomamos decisiones financieras.

La diferencia entre los dos gráficos lo explica lo que pasó. Creemos que tomamos decisiones financieras desde la planificación, la información y la estrategia. Pero en realidad las tomamos desde las emociones, para sentirnos bien, desde las creencias: para confirmar quiénes somos, desde el entorno: para encajar con los que nos rodean, desde el hábito: porque siempre lo hemos hecho así y desde el miedo: para sentirnos seguros.

Cuando tenía 18 años, sin saberlo, gastaba desde las emociones y las creencias (las mías, no las de nadie más). Por eso funcionaba. Porque lo que compraba era coherente con lo que de verdad me importaba.

Cuando empecé a sostener una vida que ya no me representaba, el entorno y el miedo tomaron el control. Y el superpoder desapareció.

Volver a tu brújula

Uno de los ejercicios más potentes que hice cuando salí de ese período oscuro fue determinar cuáles eran mis valores. No unos valores morales reconocidos por la sociedad, sino los míos. Tu brújula interna para tener claridad de lo que quieres, lo que necesitas para estar bien y ser fiel a tu esencia.

Como dice Morgan en su libro:

“La envidia está inversamente relacionada al autoconocimiento. Cuando menos te conoces, más te fijas en los otros para tener una idea de tu valor. Sin embargo, cuanto más te aprofundas en quien eres, menos buscas en los otros, y la envidia empieza a disolverse.”

Así que cuando tu brújula interna está ajustada, el dinero vuelve a multiplicarse. No por magia sino porque deja de irse en cosas que no te llenan.

¿Y qué tiene todo esto que ver con tu carrera o con hacer una transición profesional?

Pues mucho más de lo que pensamos. Porque cuando sostenemos una vida que ya no nos representa consumimos más para compensar. Acabamos trabajando para sostener un estilo de vida que creemos que queremos, pero ese estilo de vida nos consume. Y para aguantarlo, gastamos más. Y para gastar más, trabajamos más.

Es un círculo. Y en ese círculo, aunque vayas ganando más y más, sigues gastando más y más. Y esa vida acaba convirtiéndose en una prisión.

Por eso, para mí: vida, carrera y dinero están totalmente relacionados, pero no de la manera que estamos acostumbrados a oirlo. No es sobre ganar más, es sobre gastar mejor. Construir una vida que te guste y te dé paz.

Por eso cuando trabajo con alguien en una transición, no empezamos por el CV ni por el mercado laboral. Empezamos por entender qué te motiva, qué estilo de vida quieres construir y cómo te has relacionado con el dinero y el trabajo hasta ahora. Para crear una transición estable y alineada contigo.

Si sientes que estás en una etapa desalineada de tus valores y quieres volver a tu brújula, responde a este email con un simple “hola, quiero el ejercicio de valores” y te lo envío. Es el mismo que me ayudó a recuperar mi superpoder.

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