Todo lo que el surf me enseñó cuando estaba perdida.

Playa de Sopelana - Bilbao - España

La primera vez que hice surf fue en plena pandemia.

Todo se estaba cayendo un poco. O, mejor dicho, todo lo que yo pensaba que era estable dejó de serlo. Trabajaba en eventos y, de repente, ya no había trabajo para mí. Después de 10 años trabajando en algo que, sin previo aviso, se desmoronó.

Estaba perdida. Más bien, perdidísima.

Y en medio de ese momento, cuando dieron un pequeño “respiro” al lockdown, me fui a surfear. No con una gran intención detrás, era la primera vez que lo hacía y, en mi cabeza, me sentía hasta demasiado mayor para ser surfista. Era más bien porque tenía ganas de salir de mi cabeza, de cambiar de entorno, de hacer algo distinto. De reírme, de aprender algo nuevo, de desconectar. De salir de mi círculo, de todo lo que había visto hasta ese momento, de todo lo que me habían dicho que era “normal”. Porque en ese momento, nada era normal.

Y ahí apareció algo.

Esa conexión con el mar. Esa forma de estar más en el cuerpo. Esa vida más simple, más desestructurada, más… abierta. No sé si sabía ponerle nombre entonces, pero algo ya me estaba enseñando.

La segunda vez fue en Brasil, en pleno carnaval.

Mientras todo el mundo celebraba, yo necesitaba justo lo contrario: aislarme un poco, bajar el ruido, volver a mí. Estaba en otro momento de transición, quería dejar São Paulo, soltar la ciudad, el ritmo, la intensidad. Pero no sabía por dónde empezar…

Necesitaba naturaleza. Necesitaba espacio. Y volví al mar.

La tercera vez fue diferente. Llegué casi desde el agotamiento. No un burnout declarado, pero sí ese punto en el que sientes que estás sosteniendo demasiadas cosas a la vez en el trabajo. Demasiadas decisiones, demasiadas responsabilidades, demasiado ruido mental.

Y ahí el surf se convirtió en algo muy concreto: una forma de no pensar. De desconectar. De tener una única cosa en la que enfocarme:

Respirar. Remar. Levantarme. Nada más.

A lo largo de todas esas veces (y de otras más pequeñas entre medio) fui entendiendo que nunca volví al surf por casualidad. Siempre había algo en mí que necesitaba reajustarse. Y el mar, de alguna forma, me ordenaba.

Antes de levantarte en la tabla, está la remada.

Ese momento en el que todavía no te has puesto de pie, pero ya estás decidiendo cómo entras en lo que viene. Ahí no controlas la ola (en realidad nunca la controlas), pero sí puedes sentir su energía.

Hay olas suaves y otras que llegan con una fuerza que empezó mucho antes, en algún punto lejano del océano.

Praia Aventureiro - Ilha Grande - Brasil

Y en ese instante, sí, miras atrás. Pero no para quedarte ahí. Miras atrás para leer la ola, para entender con qué energía viene, para prepararte. Solo eso.

Porque la ola ya empezó. Y es momento de alinearte, coger impulso y levantarte. Y en cuanto te levantas, dejas de mirar atrás.

Hay una forma muy concreta de levantarte en la tabla y la clave no está tanto en la fuerza como en la dirección.

Cuando te levantas, lo primero que marca la diferencia es la mirada. La cabeza va alta, el foco claro, los ojos apuntando hacia un punto concreto al frente. Porque cuando miras hacia abajo, el cuerpo duda; cuando miras atrás, te frenas. Pero cuando miras hacia donde quieres ir, algo se ordena casi sin esfuerzo.

El cuerpo entiende.

Y entonces las piernas hacen su parte: no rígidas, no tensas, sino disponibles. Flexibles. Preparadas para responder a lo que venga. A veces necesitas avanzar un poco, otras veces echarte hacia atrás, ajustar el peso, girar ligeramente.

No hay una única posición correcta. Hay una capacidad constante de adaptación. Eso es lo que realmente te mantiene en la ola.

No se trata de no caerse (eso es imposible), sino de cuánto tiempo eres capaz de sostenerte dentro de lo que estás viviendo. Cuánta presencia puedes tener mientras todo se mueve. Cuánta dirección mantienes incluso cuando no controlas del todo el entorno.

Praia Aventureiro - Ilha Grande - Brasil

Y, sobre todo, cuánta flexibilidad tienes para adaptarte sin perderte.

Mirar al pasado puede ser útil, pero solo en ese momento de la remada: para entender, para coger impulso, para leer lo que viene. No para vivir ahí. Porque si te quedas mirando atrás cuando ya estás en la ola, te caes.

Simple.

Hay otra cosa que el surf me recuerda, y que a veces olvidamos: el cuerpo sabe.

Sabe mucho más de lo que le dejamos demostrar. Cuando estás en el agua, no puedes intelectualizar demasiado; si lo haces, llegas tarde. Es el cuerpo el que ajusta, el que responde, el que encuentra el equilibrio en tiempo real. Y eso, para alguien que tiende a vivir mucho en la mente, es casi un aprendizaje en sí mismo.

Por eso, cada vez que me siento demasiado mental, demasiado enredada en pensamientos, volver al cuerpo cambia algo.

Cambiar de entorno. Salir de la rutina. Meterme en el agua. Conocer gente nueva. Volver a algo más simple.

Hay cosas que no se entienden pensando. Se entienden viviéndolas… Aunque no todos los días son para surfear olas. Hay días que son para aprender el mar.

Días en los que el mar está demasiado calmo y no pasa nada. Y días en los que está demasiado intenso y no es el momento de entrar. Días para observar. Para sentir. Para entender cómo se mueve. Para familiarizarte con algo que no controlas.

Y eso también es surfear. Aunque no te levantes en la tabla. Aunque no haya ola. Aunque no “pase nada”.

Hay un último momento del que casi no se habla: cuando decides salir del agua. No porque hayas fallado. No porque no hayas podido más. Simplemente porque, por hoy, ya fue suficiente. Y reconocer eso también es parte del equilibrio.

La vida, de alguna forma, funciona igual.

Tardé en entenderlo, pero todas mis experiencias me han llevado al mismo lugar: no se trata de controlar la ola, sino de elegir las que tiene sentido surfear. Y, una vez en ellas, mirar hacia delante. Ser flexible para sostenerte… y caer (o dejarte caer) para volver a levantarte con algo que realmente te acerque a donde quieres ir.

Eso es, en el fondo, lo que trabajo en mis procesos de coaching.

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