Hace 5 años me mudé de país. Pero lo que realmente cambió fue mi identidad.

Hace cinco años tomé un avión con un billete solo de ida.

Era pandemia y nunca había vivido fuera de mi ciudad. Ni siquiera fuera de mi barrio.
Sin embargo, sentía que si no lo hacía, me iba a quedar pequeña dentro de mi propia vida…

Todo el mundo pensaba que me había vuelto loca (cambiar de país en plena incertidumbre mundial no parecía el movimiento más sensato) pero yo solo sabía que algo dentro de mí estaba pidiendo expansión. No un viaje, no una aventura corta. Yo no estaba buscando sensatez, estaba buscando crecimiento.

Mi primera semana en Brasil fue una sacudida. Aterricé en un país nuevo, en la metrópolis de São Paulo y, a los pocos días, lockdown. Calles vacías. Silencio. Todo cerrado. Yo dentro de un apartamento que todavía no sentía mío, en una ciudad que no conocía, con un idioma que apenas estaba empezando a hablar y que se me hacía difícil de comprender por las interferencias de la mascarilla.

Y entonces llegó el segundo golpe. Mi clienta, por la que me había mudado, decidió no continuar trabajando conmigo. Después, una llamada de mis jefes: no había más proyectos para mí en ese momento.

Recuerdo la sensación física. El estómago encogido. El calor en la cara. Pensar:
“¿De verdad he cruzado un océano para esto?”

No conocía a nadie. No tenía red física. No tenía plan B. No podía decir nada a mis padres porque me iban a decir que me volviera. Solo tenía una decisión ya tomada y una parte de mí que no quería retroceder tan pronto.

Esa semana entendí algo que no se me ha olvidado: cuando decides expandirte, la vida te prueba.

Y sí, podría haberlo leído como una señal para volver, como la confirmación de que había sido una locura. Pero me quedé.

Con el tiempo entendí que el periodo desde que tomé la decisión de dejar España hasta esa primera semana ya contenía casi todas las lecciones que necesitaba aprender.

1. Visualiza. Y ten claro tu para qué.

Antes de mudarme, hice algo que ahora entiendo que fue clave: me metí de lleno en la versión de mí que ya vivía aquí.

Me hablaba en portugués aunque me sintiera ridícula, escuchaba música brasileña, veía series brasileñas en portugués, intentaba pensar en ese idioma incluso antes de dominarlo…

Pero lo más importante no fue eso. Fue tener claro mi para qué y decirles a mi red de apoyo: “Si en algún momento dudo, recordádme porqué estoy haciendo esto.”

Porque sabía que iba a haber días en los que me iba a olvidar. Días en los que el miedo hablaría más alto que la visión, y necesitaba que alguien, desde fuera, me hiciera de linterna para volver a ver la luz.

Visualizar no es imaginar cosas bonitas, es sostener una identidad cuando todavía no es cómoda.


2. Confía, incluso cuando no hay garantías.

La vida puede cambiar en un segundo:

Una oferta que ves en LinkedIn.
Un email que decides enviar sin saber si habrá respuesta.
Una llamada con una buena noticia.
Un clic comprando un billete solo de ida.

Y también puede cambiar en un segundo hacia el otro lado.

Un mensaje cancelando un proyecto.
Una llamada diciendo que no hay más trabajo.

No hay garantías.

Lo único que sí puedes elegir es si confías en tu capacidad de moverte con lo que venga.

Yo no confiaba en que todo saliera bien pero confiaba en que, pasara lo que pasara, iba a encontrar la manera. Y eso fue suficiente para no hacer la maleta de vuelta.


3. Escucha tu intuición (aunque no tenga Excel).

Cuando no conoces nada ni a nadie, tus referencias externas desaparecen y tu brújula eres tú.

Ahí aprendí a escucharme.
A decidir sin tener todas las pruebas.
A actuar sin sobre-racionalizar.

Y sobretodo, aprendí a confiar. Fue bastante incómodo, pero fue lo que me sostuvo.


4. Rodéate de vínculos que te sostienen

No conocía a nadie en la ciudad y a los pocos días de llegar empezó un lockdown que duró tres meses. Tres meses sin oficina, sin gente, sin excusas para cruzarte con alguien y empezar una conversación cara a cara.

Estaba sola en un mini apartamento de una gran metrópolis. Pero ahí entendí el valor real de los vínculos, de las personas que están incluso a miles de kilómetros, de los que siguen estando aunque haya varias horas de diferencia. De las personas que te sostienen porque te quieren y que no necesitan entender del todo tu decisión para respetarla.

Quizá no era presencia física, pero era presencia.

Recuerdo que, después de esos tres meses, fui a un evento de yoga en el parque. Una chica que acababa de conocer me abrazó. Y me puse a llorar como una magdalena. No era tristeza. Era descarga. Era el cuerpo soltando todo lo que había contenido: 3 meses sin contacto físico, sin un abrazo.

Ahí entendí algo que no se me olvida: nadie se transforma solo.


5. Entregarte (de verdad)

Y por último, aprendí a entregarme, a no vivir la experiencia a medias, a no estar comparando constantemente, a no protegerme tanto que me perdiera lo que estaba viviendo.

Lloré.
Reí.
Me equivoqué.
Abracé la ciudad. La cultura. El idioma.
Miré los detalles.
Me dejé afectar.

Porque si cambias de país pero no permites que el lugar te cambie, te quedas igual en otro escenario.


Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que no me mudé solo de país, me mudé de identidad. Y si algo confirmé en estos cinco años es esto: crecer asusta, pero permanecer igual asusta aún más.

Lo que he visto desde entonces (en mí y en muchas de las personas a las que acompaño) es que el miedo no desaparece antes de cambiar. Desaparece cuando te das cuenta de que puedes sostener el proceso.

Mudarte, reinventarte, empezar de cero… no es solo una decisión logística. Es un proceso interno. Y eso se construye.

Si estás en ese momento en el que sabes que algo en tu vida profesional necesita moverse, pero todavía estás ordenando cómo hacerlo o cómo sostenerlo, no es casual que estés leyendo esto.

A veces no necesitas otro plan. Necesitas un espacio donde pensar con claridad y tomar decisiones desde un lugar más firme. Y si lo sientes, puedo acompañarte en ese proceso.




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